120 años de Salarrué

Una de las mejores mentes creativas que El Salvador le ha dado al mundo nació un día como hoy hace exactamente 120 años. Se trata de Luis Salvador Efraín Salazar Arrué, conocido como Salarrué, uno de los más grandes escritores y artistas plásticos del país, aunque tradicionalmente destaca más como cuentista. Sus obras más reconocibles a escala nacional son Cuentos de barro (1933) y Cuentos de cipotes (1943, 1961). Lo fundamental de la narrativa de Salarrué es el campesinado salvadoreño. Los protagonistas en su libro Cuentos de barro son principalmente indígenas, obreros, personas desvalidas, desplazadas, sujetas a la violencia.

El poeta Luis Borja describe en su artículo «Salarrué: cuando la identidad se moldea en barro» (2017) los elementos más evidentes en Cuentos de barro que caracterizan la «identidad» salvadoreña: la lengua, el habla campesina salvadoreña; la religión y la magia, el sincretismo entre el catolicismo y las creencias indígenas ancestrales; la vida cotidiana del campesino salvadoreño que vive en los pueblos y zonas rurales aledañas y que labora en actividades agrícolas o manuales; la cultura festiva o ceremonial, en la que las ceremonias sociales tienen una importancia primordial en la cohesión del pueblo; y las instituciones locales y las redes de sociabilidad, de las cuales la iglesia es la más relevante.

Aunque se decía ajeno a la política, durante la década de 1930 trabajó de cerca con el gobierno y las políticas de desarrollo cultural de Maximiliano Hernández Martínez, el más notable de los dictadores salvadoreños. Luego, con el gobierno de Salvador Castaneda Castro, fungió como agregado cultural de la embajada de El Salvador en Estados Unidos a partir de 1946.

Hacia 1931 conoció a la gran escritora chilena Gabriela Mistral, quien estaba de visita en El Salvador. Después de conocer su obra, Mistral se encargó de que conocieran a Salarrué en Sudamérica, algo que se materializó cuando la segunda edición de Cuentos de barro salió a la luz en Santiago, Chile, en 1943, con ilustraciones del artista José Mejía Vides. Mistral dedicó estas palabras a propósito de la promoción de la segunda edición de Cuentos de barro:

«La lengua siete veces criolla [de Salarrué] trasuda savia, leche y esencia americanas. Leyéndola se cree toda la experiencia literaria de nuestros pueblos, que tenemos y que tendremos cada día más, una lengua teñida en nuestros frutos y oliendo el humus sacro. El ejemplo de la prosa suya no alega sino que convence como catapulta».

Gabriela Mistral

Más adelante, hacia la década de 1960, Salarrué se retiró de forma permanente a Villa Montserrat, en Los Planes de Renderos. Sufrió cáncer de páncreas y murió en la pobreza en 1975. Sin embargo, para entonces ya había recibido varias condecoraciones, reconocimientos, premios y distinciones, y aun hoy, 44 años después de su muerte, sigue siendo reconocido como una figura importante en el panorama artístico salvadoreño. Para recordarlo, he aquí cuatro de sus Cuentos de barro.


Semos malos

Goyo Cuestas y su cipote hicieron un arresto, y se jueron para Honduras con el fonógrafo. El viejo cargaba la caja en bandolera; el muchacho, la bolsa de los discos y la trompa achaflanada, que tenía la forma de una gran campánula; flor de lata monstruosa que perjumaba con música.

—Dicen quen Honduras abunda la plata.

—Sí, tata, y por ai no conocen el fonógrafo, dicen…

—Apurá el paso, vos; ende que salimos de Metapán tres choya.

—¡Ah!, es quel cincho me viene jodiendo el lomo.

—Apechalo, no sias bruto.

Apiaban para sestear bajo los pinos chiflantes y odoríferos. Calentaban café con ocote. En el bosque de zunzas, las taltuzas comían sentaditas, en un silencio nervioso. Iban llegando al Chamelecón salvaje. Por dos veces bían visto el rastro de la culebra carretía, angostito como fuella de pial. Al sesteyo, mientras masticaban las tortillas y el queso de Santa Rosa, ponían un fostró. Tres días estuvieron andando en lodo, atascados hasta la rodilla. El chico lloraba, el tata maldecía y se reiba sus ratos.

El cura de Santa Rosa había aconsejado a Goyo no dormir en las galeras, porque las pandillas de ladrones rondaban siempre en busca de pasantes. Por eso, al crepúsculo, Goyo y su hijo se internaban en la montaña; limpiaban un puestecito al pie diun palo y pasaban allí la noche, oyendo cantar los chiquirines, oyendo zumbar los zancudos culuazul, enormes como arañas, y sin atreverse a resollar, temblando de frío y de miedo.

—¡Tata: bran tamagases?…

—Noijo, yo ixaminé el tronco cuando anochecía y no tiene cuevas.

—Si juma, jume bajo el sombrero, tata. Si miran la brasa, nos hallan.

—Sí, hombre, tate tranquilo. Dormite.

—Es que currucado no me puedo dormir luego.

—Estirate, pue…

—No puedo, tata, mucho yelo…

—¡A la puerca con vos! Cuchuyate contra yo, pue…

Y Goyo Cuestas, que nunca en su vida había hecho una caricia al hijo, lo recibía contra su pestífero pecho, duro como un tapexco; y, rodeándolo con ambos brazos, lo calentaba hasta que se le dormía encima, mientras él, con la cara añudada de resignación, esperaba el día en la punta de cualquier gallo lejano.

Los primeros clareyos los hallaban allí, medio congelados, adoloridos, amodorrados de cansancio; con las feas bocas abiertas y babosas, semiarremangados en la manga rota, sucia y rayada como una cebra.

Pero Honduras es honda en el Chamelecón. Honduras es honda en el silencio de su montaña bárbara y cruel; Honduras es honda en el misterio de sus terribles serpientes, jaguares, insectos, hombres… Hasta el Chamelecón no llega su ley; hasta allí no llega su justicia. En la región se deja —como en los tiempos primitivos— tener buen o mal corazón a los hombres y a las otras bestias; ser crueles o magnánimos, matar o salvar a libre albedrío. El derecho es claramente del más fuerte.


Los cuatro bandidos entraron por la palizada y se sentaron luego en la plazoleta del rancho, aquel rancho náufrago en el cañaveral cimarrón. Pusieron la caja en medio y probaron a conectar la bocina. La luna llena hacía saltar chingastes de plata sobre el artefacto. En la mediagua y de una viga pendía un pedazo de venado olisco.

—Te digo ques fológrafo.

—¿Vos bis visto cómo lo tocan?

—¡Ajú!… En los bananales los ei visto…

—¡Yastuvo!…

La trompa trabó. El bandolero le dio cuerda, y después, abriendo la bolsa de los discos, los hizo salir a la luz de la luna como otras tantas lunas negras.

Los bandidos rieron, como niños de un planeta extraño. Tenían los blanquiyos manchados de algo que parecía lodo, y era sangre. En la barranca cercana, Goyo y su cipote huían a pedazos en los picos de los zopes; los armadillos habíanles ampliado las heridas. En una masa de arena, sangre, ropa y silencio, las ilusiones arrastradas desde tan lejos quedaban abonadas tal vez para un sauce, tal vez para un pino…

Rayó la aguja, y la canción se lanzó en la brisa tibia como una cosa encantada. Los cocales pararon a los lejos sus palmas y escucharon. El lucero grande parecía crecer y decrecer, como si colgado de un hilo lo remojaran subiéndolo y bajándolo en el agua tranquila de la noche.

Cantaba un hombre de fresca voz, una canción triste, con guitarra.

Tenía dejos llorones, hipos de amor y de grandeza. Gemían los bajos de la guitarra, suspirando un deseo; y, desesperada, la prima lamentaba una injusticia.

Cuando paró el fonógrafo, los cuatro asesinos se miraron. Suspiraron…

Uno de ellos se echó llorando en la manga. El otro se mordió los labios. El más viejo miró al suelo barrioso, donde su sombra le servía de asiento, y dijo después de pensarlo muy duro:

—Semos malos.

Y lloraron los ladrones de cosas y de vidas, como niños de un planeta extraño.


El viento

La palazón se bañaba, alegre y desnuda, en el viento. El sol era mareño, en la mañana azul. La basura iba y venía, arrastrada por la mecida del aire. Hojas que rodaban como caracoles, polvo como espuma sucia en aquella marea.

Los charcos, en medio del camino barrioso y barrido, se secaban dejando prieta la tierra, y blandita como para meter el pie. Un ruidal de ramadas llenaba la costa entera, dende aquí quera verdeante, hasta allá lejoslejos quera azul.

También las yeguas sintieron dentrar el viento en su alegrón y se echaron a correr por el llano. A la par de las yeguas de viento iban las yeguas de sangre, atropellándose unas con otras, soplando las narices valientes, la crin al cielo y el casco al suelo: ¡patacán, patacán, patacán! Dejaban jumazón en la fueya, como si quemaran su libertá. Paraban su desboco cuando ya no sentían el suelo, por miedo al vuelo desconocido. El heroísmo es un exceso de vida que puede a veces producir la muerte.

A ratos, el norte ponía mujeres de polvo, bailando vertiginosas por las veredas; bailando en puntas y cogiendo al paso mantos de nube, para enrollarse girámbulas.

Venía el chuchito perdido, arrastrando una larga pita por el camino. Era negro, lagartijo, encogido y despavorido. Echaba las orejas hacia atrás, la cola entre las patas; un vivo amarillo de espanto le rodeaba los ojos polvosos. En aquella anchísima soledad, ensordecida por el viento, era como un dolor extraviado. La fuerza del oleaje le hacía tambalearse. Se paraba y ponía vanos empeños por amarrar el cabo del olfato. Volvía tímido la cabeza, para mirar cuán solo estaba. Entonces su grito lastimero hacía un rasguño en el viento. Volvía atrás con igual premura, mirando al andar hacia el cielo, como si nadara. La pita suelta lo seguía dócil, marcando un surco en el polvo por un instante. Era como un amor náufrago. Buscaba al amo, perdido en el ventarrón. A lo lejos, como un punto negro en la explanada, iba nadando hacia lo incierto. Aquella cosa tan mísera, bajo el furor del cielo, era un dolor grandioso.


Entre madejas de polvo y cáscaras doradas, apoyado al tanteyo en el palo y al tanteyo la mano en el cielo, el viejo ciego topó a una alambrada y llamó ya sin esperanza:

—¡Mirto, Mirto!…


La botija

José Pashaca era un cuerpo tirado en un cuero; el cuero era un cuero tirado en un rancho; el rancho era un rancho tirado en una ladera.

Petrona Pulunto era la nana de aquella boca:

—¡Hijo: abrí los ojos, ya hasta el color de que los tenés se me olvidó!

José Pashaca pujaba, y a lo mucho encogía la pata.

—¿Qué quiere, mama?

—¡Ques nicesario que tioficiés en algo, ya tas indio entero!

—¡Agüén!…

Algo se regeneró el holgazán: de dormir pasó a estar triste, bostezando.

Un día entró Ulogio Isho con un cuenterete. Era un como sapo de piedra que se había hallado arando. Tenía el sapo un collar de pelotitas y tres hoyos: uno en la boca y dos en los ojos.

—¡Qué feyo este baboso! —llegó diciendo. Se carcajeaba—; ¡meramente el tuerto Cande!…

Y lo dejó para que jugaran los cipotes de la María Elena.

Pero a los dos días llegó el anciano Bashuto, en viendo el sapo dijo:

—Estas cositas son obra denantes, de los agüelos de nosotros. En las aradas se incuentran catizumbadas. También se hallan botijas llenas dioro.

José Pashaca se dignó arrugar el pellejo que tenía entre los ojos, allí donde los demás llevan la frente.

—¿Cómo es eso, ño Bashuto?

Bashuto se desprendió del puro, y tiró por un lado una escupida grande como un caite, y así sonora.

—Cuestiones de la suerte, hombré. Vos vas arando y ¡plosh!, derrepente pegás en la huaca, y yastuvo; tihacés de plata.

—¡Achís!, ¿en veras, ño Bashuto?

—¡Comolóis!

Bashuto se prendió al puro con toda la fuerza de sus arrugas, y se fue en humo. Enseguiditas contó mil hallazgos de botijas, todos los cuales él «bía prisenciado con estos ojos». Cuando se fue, se fue sin darse cuenta de que, de lo dicho, dejaba las cáscaras.

Como en esos días se murió la Petrona Pulunto, José levantó la boca y la llevó caminando por la vecindad, sin resultados nutritivos. Comió majonchos robados, y se decidió a buscar botijas. Para ello, se puso a la cola de un arado y empujó. Tras la reja iban arando sus ojos. Y así fue como José Pashaca llegó a ser el indio más holgazán y a la vez el más laborioso de todos los del lugar. Trabajaba sin trabajar —por lo menos sin darse cuenta— y trabajaba tanto, que las horas coloradas le hallaban siempre sudoroso, con la mano en la mancera y los ojos en el surco.

Piojo de las lomas, caspeaba ávido la tierra negra, siempre mirando al suelo con tanta atención que parecía como si entre los borbollos de tierra hubiera ido dejando sembrada el alma. Pa que nacieran perezas; porque eso sí, Pashaca se sabía el indio más sin oficio del valle. Él no trabajaba. Él buscaba las botijas llenas de bambas doradas, que hacen «¡Plocosh!» cuando la reja las topa, y vomitaban plata y oro, como el agua del del charco cuando el sol comienza a ispiar detrás de lo del ductor Martínez, que son los llanos que topan al cielo.

Tan grande como él se hacía, así se hacía de grande su obsesión. La ambición, más que el hambre, le había parado del cuero y lo había empujado a las laderas de los cerros; donde aró, aró, desde la gritería de los gallos que se tragan las estrellas, hasta la hora en que el guas ronco y lúgubre, parado en los ganchos de la ceiba, puya el silencio con sus gritos destemplados.

Pashaca se peleaba las lomas. El patrón, que se asombraba del milagro que hiciera de José el más laborioso colono, dábale con gusto y sin medida luengas tierras, que el indio soñador de tesoros rascaba con el ojo presto a dar aviso en el corazón, para que este cayera sobre la botija como un trapo de amor y ocultamiento. Y Pashaca sembraba, por fuerza, porque el patrón le exigía los censos. Por fuerza también tenía Pashaca que cosechar, y por fuerza que cobrar el grano abundante de su cosecha, cuyo producto iba guardando despreocupadamente en un hoyo del rancho, por siacaso.

Ninguno de los colonos se sentía con hígado suficiente para llevar a cabo una labor como la de José. «Es el hombre de jierro», decían; «ende que le entró asaber qué, se propuso hacer pisto. Ya tendrá una buena huaca…».

Pero José Pashaca no se daba cuenta de que, en realidad, tenía huaca. Lo que él buscaba sin desmayo era una botija, y siendo como se decía que las enterraban en las aradas, allí por fuerza la encontraría tarde o temprano.

Se había hecho no solo trabajador, al ver de los vecinos, sino hasta generoso. En cuanto tenía un día de no poder arar, por no tener tierra cedida, les ayudaba a los otros, les mandaba descansar y se quedaba arando por ellos. Y lo hacía bien: los surcos de su reja iban siempre pegaditos, chachados y projundos, que daban gusto.

—¡Onde te metés, babosada! —pensaba el indio sin darse por vencido—. Y tei de topar, aunque no querrás, así mihaya de tronchar en los surcos.

Y así fue; no lo del encuentro, sino lo de la tronchada.

Un día, a la hora en que se verdeya el cielo y en que los ríos se hacen rayas blancas en los llanos, José Pashaca se dio cuenta de que ya no había botijas. Se lo avisó un desmayo con calentura; se dobló en la mancera; los bueyes se fueron parando, como si la reja se hubiera enredado en el raizal de la sombra. Los hallaron negros, contra el cielo claro, voltiando a ver al indio embruecado, y resollando el viento oscuro.

José Pashaca se puso malo. No quiso que naide lo cuidara. Dende que bía finado la Petrona, vivía íngrimo en su rancho.

Una noche, haciendo juerzas de tripas, salió sigiloso llevando en un cántaro viejo su huaca. Se agachaba detrás de los matochos cuando oiba ruidos, y así se estuvo haciendo un hoyo con la cuma. Se quejaba a ratos, rendido, pero luego seguía con brío su tarea. Metió en el hoyo el cántaro, lo tapó bien tapado, borró todo rastro de tierra removida; y alzando sus brazos de bejuco hacia las estrellas, dejó ir liadas en un suspiro estas palabras:

—¡Vaya: pa que no se diga que ya nuay botijas en las aradas!…


El sacristán

Se llamaba Agruelio; era casi joven, casi viejo; su cara era rostro. Sonreiba beatíficamente, con la dulzura triste de las bocas sin dientes. Era moreno; de pelo gris; de ojos grises; de manos grises; de traje gris, de alma gris… Iba siempre agachado; iba, por el corredor del convento, por el suelo de la iglesia siempre desierta, arrastrisco como una cuca, como ratón: tenía quién sabe qué de solterona, a pesar de que, en aquel paradójico hogar donde la falda era masculina, daba la idea de la esposa del cura. Los tacones de sus zapatos burros no podían olvidar el martillo del zapatero; martillaban constantemente el eco, impregnado de incienso, de aquella tumba fresca.

Agruelio salía de allí muy pocas veces. Era una especie de topo parroquial. De cuando en cuando se aventuraba en el atrio, para ver la hora en el reloj de la torre. Miraba a la calle, como quien mira al mar; miraba al reloj, como quien consulta los astros. El mirar tan alto le mareaba. Frotaba sus cejas felpudas y breñosas, y entraba tambaleante a su cueva. Tak, tak, tak… los tacones, buscadores de tesoros. La nave del templo iba perdida en una tempestad de silencio, izadas todas las velas de esperma con sus fuegos de San Telmo. En la popa, como un mesana desmantelado, iba el crucifijo.

Agruelio era devoto de santo Domingo. Santo Domingo vivía en el rincón más olvidado del crucero de la iglesia.

Era aquel un rincón arrinconado, oscuro, frío. La casa del santo era un altar antiguo, de un dorado de kakaseca, ornamentado churriguerescamente con espirales terrosas, guirnaldas de mugre, gajos de uvas, piñas, granadas, pájaros muertos, mazorcas de mais y rosas petrificadas. Tenía en la portada unos pilares como pirulíes, unas columnitas de pan francés, unos capiteles de melcocha; y, por las paredes, hojas, hojas, bejucos; rueditas, chirolas, colas de alacrán y arañas de verdad.

De pie en el portal, el santo, todo vestido de negro y blanco, miraba lánguidamene tras el vidrio del camarín. Tenía en una mano una bomba de anarquista, y en la otra un libro como un ladrillo; a sus pies, un chuchito de circo. Su rostro era lampiño, a pesar de la barba postiza de madera. Era calvo el pobre; y miraba como con hambre.

Agruelio lo amaba; se parecía algo a él, de tanto contemplarlo. Se robaba las candelas del Niño de Atocha (que era el menos respetable, por lo cipote) y se las iba a poner a su patrono. Tenía celos de una vieja, que le disputaba la predilección. La vieja le adelantaba en limosnas. En aquel rincón oscuro, se marchitaban hasta las rosas de papel. El llanto de las candelas se había cuajado en la mesa de lata. Los rezos habían atraído algunas avispas, que panaleaban en las cornisas.


Aquella madrugada, Agruelio se había levantado como siempre, a impulso de su presentimiento de gallo que conoce la vecindad del sol. Entró a la iglesia con un portazo. Anduvo preparando el vino para la misa de cinco. Luego fue, taconeando, a encender las candelas. Dejó la vara en un rincón y subió al campanario para dar el primer toque.

Su mano gris, agarrada del badajo, se puso a tirar sobre el pueblo dormido grandes anillos sonoros que caían como ondulando, ondulando; abriéndose, abriéndose…, hasta llegar a la orilla del cielo, donde despuntaban ligeros clarores. Luego, Agruelio bajó, chas, chas, chas, de grada en grada; siempre arrastrisco, apoyándose con una mano en la pared del caracol. En la escurana, las candelas pintaban claror con sus brochitas azules. Los murciégalos entraban, borrachos, huyendo del día; escupían y se colgaban, como tasajos, en las vigas; uno que otro rozaba la cara del sacristán, con su cuerpo de guineyo pasado.

—¡Estos babosos! ¡Shé!…

Quería quitárselos a manotadas, como a moscas. No le casaba mucho el pañueleo espeluznante de las alas de carne.

—¡Bían dihacer recogida, con estos ratones volantes! Tienen carediablo, dientes,pelos y juman… ¡Papadas!…

Se fue derecho al crucero. Al llegar frente al altar de su devoción, se arrodilló persignándose; cruzó los brazos, y, elevando su rostro un poquito ladiado, lo endulzó humillándolo mientras dejaba caer una plegaria.

Fue entonces cuando el terremoto, que había estado un siglo con el pelo cortado, haciéndose el babieca, entró de golpe en la iglesia; y, como un nuevo Sansón, agarró las columnas y sacudió. Agruelio tuvo tiempo de ponerse en pie.

—¡Santo Dios, santo juerte!…

Era tarde. El patrono había soltado su bomba de anarquista. Tambaleó el altar, desmoronándose como una torta seca; se rajó el muro tremendo; y el santo, perdiendo los estribos, vino a dar en la cabeza de Agruelio con su ladrillo bíblico.


Referencias

  • Borja, L. (2017). Salarrué: cuando la identidad se moldea en barro. AKADEMOS2(25), 43-65. https://doi.org/10.5377/akademos.v2i25.4448
  • Salarrué. (1973). Cuentos de barro (1.ª ed.). 17.ª reimpresión, 2013. San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos. ISBN: 978-99923-0-145-6

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